Ángel Sastre: el periodismo de raza no está extinto

Ángel Sastre es corresponsal especializado en conflictos desde hace 11 años. Camaleónico, afirma que suele viajar solo y disfruta interactuar con los marginados: “Uno se tiene que mimetizar con la gente, por eso lo mejor es no ir con grupos grandes. Llaman la atención”.

Por Lucía Estévez

Con 36 años, Ángel Sastre lleva recorridos más de 20 países en el mundo. Sus visitas no transcurren en los puntos turísticos de cada región, como tampoco concibe su profesión dentro de una redacción. No siempre viste una camisa y un pantalón de jean con unas arregladas botas marrones; ni se da el gusto de disfrutar de una copa de vino blanco, como sí se permite en su departamento de Buenos Aires. Su interés lo lleva más allá de la feliz imagen que ofrecen las ciudades a la hora de captar turistas. Con el corazón partido entre América Latina y Oriente Medio, suele reemplazar la copa por una cámara y la camisa por un chaleco antibalas.

“Yo voy a lo que desagrada a las personas normales. Me gusta mostrarlo”, afirma Sastre. Fuente: canal de Youtube Ángel Sastre.

En una década incursionó en favelas cariocas, basurales de Managua (Nicaragua), plantaciones de coca en Bolivia y villas miseria de Buenos Aires; subió al tren de la Bestia en México; denunció la prostitución infantil en Iquitos (Perú), el trabajo esclavo en Qatar y la minería ilegal en el desierto de Atacama (Chile), entre otras experiencias. Con un rígido perfil humanitario, Sastre se inclina por los bajos fondos, por denunciar los daños colaterales de las guerras y los enfrentamientos armados. Da voz a quienes considera verdaderos protagonistas: los “injustos perdedores”.

Arriba de “La Bestia” la situación se puso tan tensa que Sastre tuvo que saltar con el tren en marcha. Fuente: canal de Youtube Ángel Sastre.

A pesar de estar radicado en Argentina desde hace 11 años, aún conserva intacta su tonada extremeña. Recibido como periodista de la Universidad Antonio de Nebrija (Madrid, España), Sastre recuerda que desde el inicio de su carrera soñaba con convertirse en lo que hoy ocupa su mente a tiempo completo: ser periodista internacional, especializado en conflictos de guerra. Parece no alterar su semblante hablar sobre su paso por Palestina, Ucrania, Irak, Turquía o el Kurdistán.  Como si fuera de lo más natural caminar por zonas bombardeadas, ocultarse en trincheras o ser protegido por grupos rebeldes armados. No concibe su labor de otra forma. No se permite deambular por la periferia, se empotra en cada recoveco marginado y olvidado por la sociedad. Desde los 25 años está inmerso en esta vorágine propia de un cazador de historias. “Me emociono mucho con mis reportajes. Conocí gente bellísima en los bajos fondos con quien uno empatiza y por quienes uno hace lo que hace”, confesó.

Sin embargo, en su afán por mostrar y denunciar, sabe que puede quemarse. En cada una de sus corresponsalías se juega la vida. El más pequeño de los errores puede desmoronar la ingenua omnipotencia que parece gobernar a quienes se involucran en situaciones extremas. Y Ángel Sastre lo comprobó en junio de 2015, cuando en su segundo viaje a Siria (el primero fue en 2013) fue secuestrado en las cercanías de Aleppo, junto a otros dos compañeros españoles. El Frente Al-Nusra, ex filial de Al Qaeda en Siria, los mantuvo cautivos durante 10 meses. La mención de Siria lo incomodó. Sus frases se acortaron, las palabras viraron a monosílabos. Su mensaje fue contundente: “No voy a hablar del secuestro”.

El corresponsal suele producir, filmar y editar sus propios reportajes. Fuente: canal de Youtube Ángel Sastre. 

Fue liberado hace tres meses. Pasada una semana de su regreso, publicó una carta en su blog. Para disgusto de los grandes medios, que esperaban difundir un relato desgarrador sobre cada día del cautiverio, Sastre no contó detalles. Al igual que en su trabajo de campo, no quiso ser el centro de la noticia. Orientó sus palabras a concientizar. En esos 10 meses, se habló de Siria porque allí peligraba la vida de tres occidentales; no porque sus ciudades estuvieran devastadas y su población civil muriera con cada caída de un tanque de petróleo desde lo alto. “Es necesario que los medios estén a la altura de las circunstancias y aporten espacio y dinero para hablar de estos temas. Nuestro aporte como periodistas tiene que ver con denunciar e investigar cosas que merecen ser contadas”, concluyó.

El secuestro parece no haber afectado el ritmo de su estilo de vida como freelancer. Su mirada inquieta refleja el estado de su mente, ocupada en más de una cosa a la vez: “No sé si es bueno o sano, pero estoy todo el rato pensando en cómo publicar una información, qué es lo próximo a cubrir, a qué nuevo sitio podría ir…”.

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